domingo, 29 de abril de 2012



Gotas y Burbujas


Yo estaba presente. En todo momento fui el único testigo.
Recuerdo que no estaban más allá… esos dos enamorados. Acariciándose, siempre tocándose, todo el tiempo, todo el cuerpo, haciendo de todo, todo.
En fin, mi nombre, el cual no va a ser mencionado a lo largo y a lo ancho del relato, lo lleva uno de los dos enamorados. Tampocó obedeceré a la necesidad que usted tiene de conocer mi género, pues si yo fuese una señorita, estaría anhelando como una solterona una pizca de amor de ese hombre que ahora abrasaba con fervor, pasión y ternura a su amada. Y dicho sea de paso, en caso de ser un varón, estaría dispuesto a toda costa a acariciar esa imagen, y tratar de realizar alguna impunidad, pues… ¿que hace un hombre en una plaza donde toda la ciudad comprende a ese espacio como el sitio exacto para el amor? A los hombres no les interesan los romances, y a las mujeres no les interesan los hombres, pues estos no están hechos para amar damas.
Ahora bien, mi nombre lo llevaba alguno de los dos cuerpos entrometidos el uno con el otro. Tratar de vivir a través de las personas nunca fue sano. Es jugar con emociones ajenas, cuerpos ajenos y es solo diversión, pero asimismo no genera ningún placer comparado al que anhelan las almas perdidas que deben encarnar mentalmente esa situación de amor que viven terceros… tal vez plenos fulanos, tal vez seres tan cercanos, los cuales ayudan a comprender cada sentimiento, cada sensación, cada actuar. Pero dejo mi conciencia incomprendida con una certeza: no tenía, no sentía ninguna necesidad de vivir eso, ni mucho menos. 
Siempre me he cuestionado como cada uno comprende al amor. Como vemos cada faceta, como nos desesperamos por las caricias que nos proporcionan tantas pieles y nosotros solo esperamos un par de manos que realmente pueden tocarnos, mientras que todo lo demás es un etcétera. 
¿habrá amor?
¿qué es el amor?
¿quiénes son el amor?

Ya no importaban: se iban .
Entonces como dos burbujas que viajan juntas se alejaron de mi ser dejándome en perfecta soledad y antipatía nunca volví a ver dos gotas de agua como esos dos.

Gonzalo Julián cichero.

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